Pedro J. Pérez
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Fantasía

La fantasía que se deja dibujar: Tom Gauld y el romantasy contemporáneo

El 25 de octubre de 2026, The Guardian Books publica una viñeta de Tom Gauld sobre el romantasy. A partir de ese gesto mínimo, una reflexión sobre la fantasía contemporánea: qué nombra la etiqueta, cómo funciona el doble motor de mundo y vínculo, y con qué criterios leerla sin ruido.

Por Pedro J. Pérez ·

Una viñeta en la sección de libros

El 25 de octubre de 2026, The Guardian Books publica una viñeta de Tom Gauld titulada «Tom Gauld on the modern romantasy novel». Eso es todo lo que el registro nos ofrece: un dibujante, una fecha y un asunto. Y, sin embargo, el dato tiene peso. Cuando el humor gráfico elige un género literario como materia, es porque ese género ya ha sedimentado un repertorio de gestos que el lector reconoce sin necesidad de explicación.

La viñeta no es una reseña ni un ensayo: es una imagen que condensa hábitos de lectura. Su existencia indica que el romantasy ha dejado de ser un fenómeno de nicho para convertirse en un lenguaje compartido. Conviene subrayar el límite de esta nota: no comentamos el dibujo, cuyo contenido no tenemos, sino lo que su sola aparición revela sobre el lugar de la fantasía en la conversación literaria actual.

Qué nombra la palabra romantasy

Romantasy es una contracción de romance y fantasy, y sirve para designar novelas en las que el mundo fantástico y la relación amorosa comparten el peso del relato. No se trata de una invención absoluta: la fantasía ha alojado siempre tramas sentimentales, y la novela romántica ha recurrido a ambientes exóticos o maravillosos. La etiqueta nueva no crea el híbrido; lo hace visible y le da un nombre reconocible para lectores y libreros.

Lo interesante, literariamente, es que la fusión exige dos competencias simultáneas: la construcción de un mundo con reglas propias y la gestión de un vínculo afectivo que sostenga la tensión a lo largo de cientos de páginas. Cuando ambas funcionan, el resultado no es un género menor, sino una máquina narrativa exigente. Cuando una de las dos falla, el relato se resiente de inmediato, y el lector lo nota.

Los mecanismos: mundo y vínculo

La fantasía se define por la presencia de lo maravilloso como parte constitutiva del mundo: geografías inventadas, sistemas de poder, linajes, magia con normas. El romantasy añade a ese edificio un motor emocional: la relación entre dos personajes que se descubren mientras el mundo se les revela. Ese doble movimiento —conocer el mundo y conocer al otro— explica buena parte de su eficacia, porque permite dosificar información y deseo en el mismo gesto narrativo.

De ahí que la coherencia sea decisiva. Si la magia existe, debe costar algo; si hay facciones en conflicto, sus intereses deben ser inteligibles. El romance, por su parte, necesita obstáculos verosímiles y no meros malentendidos. El pacto de lectura es doble: el lector pide asombro y pide vínculo. Una novela que satisface solo una de esas demandas puede entretener, pero difícilmente perdurar.

La parodia como forma de respeto

Que un dibujante satirice un género es, en cierto sentido, un homenaje involuntario: solo se parodia lo que tiene forma reconocible. La viñeta funciona como crítica literaria de bolsillo, señala convenciones y las devuelve al lector convertidas en complicidad. Quien ama la fantasía puede reírse de sus tics sin renunciar a ella; de hecho, reconocerlos es una manera de leer con más atención y menos ingenuidad.

El riesgo aparece cuando la ironía se convierte en desdén y el género se reduce a etiqueta de consumo. Ahí conviene ser precisos: la existencia de fórmulas no invalida un modo narrativo, del mismo modo que la existencia de superventas no invalida la novela realista. La fantasía incluye pastiche y obras de enorme ambición formal. Confundir una parte con el todo es un error de lectura, no una conclusión crítica.

Criterios para leer romantasy sin perderse

Para quien se acerca por primera vez, hay preguntas útiles. ¿Las reglas del mundo tienen consecuencias o son decorado? ¿El romance transforma a los personajes o solo los acompaña? ¿Los conflictos se resuelven con decisiones o con coincidencias? ¿El ritmo sostiene la extensión? Son preguntas sencillas que separan una lectura memorable de una mera sucesión de escenas. Aplicarlas no requiere erudición: requiere atención a lo que el texto hace, no solo a lo que promete.

Para quien llega desde la fantasía clásica, el romantasy puede leerse como variación y no como desvío: el mismo impulso de inventar mundos, con el foco puesto en la intimidad. Para quien llega desde la novela romántica, la exigencia está en la lógica del mundo. Y una recomendación general: desconfiar del ruido de la novedad y del contrarruido del desprecio; ambos hablan más del mercado que de los libros.

Conclusión: un género que se deja dibujar

Volvamos a la viñeta del 25 de octubre. Su valor documental es pequeño y su valor simbólico, considerable: confirma que el romantasy forma parte del paisaje literario contemporáneo hasta el punto de merecer una página de humor en la sección de libros de un diario. Los géneros vivos se dejan dibujar; los muertos solo se citan. La fantasía, hoy, se deja dibujar y se deja discutir, que es otra forma de estar viva.

Nada de esto exime de exigencia. La mejor defensa de la fantasía no es el entusiasmo indiscriminado ni la ironía defensiva, sino la lectura atenta: distinguir lo que perdura de lo que se olvida, celebrar lo que se logra y nombrar lo que falla. Una viñeta ingeniosa y una novela bien construida comparten lo esencial: ambas confían en que el lector sabe mirar. Esa confianza es el único pacto que importa.

Fuentes y referencias

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