El error más común es esperar ver las realidades sutiles con los ojos de siempre, como si de repente los halos se añadieran a la imagen normal. No puede ser así: la mente ordinaria es justo la parte de ti que está ciega. Para empezar a ver hay que salir de ella. Y el secreto cabe en cuatro palabras: para ver, deja de mirar.
El escenario
- Frente a un espejo o frente a un amigo, a unos noventa centímetros: si no llegas a tocarle la cara con la palma, estás lejos. En el espejo, tu imagen a esa misma distancia o algo más.
- Pared blanca o muy clara detrás. Velas en lugar de bombillas: la luz eléctrica parpadea cincuenta veces por segundo y algo en ti se cierra para protegerse.
- Ojos a la misma altura, espalda vertical sin apoyar. Un chal blanco de algodón, lino o seda sobre los hombros facilita muchísimo ver, y se va cargando con cada práctica. Solo tuyo.
- Nunca al aire libre de día. Y jamás, bajo ningún concepto, mires al sol ni fijes la vista en la luna: daña los ojos de forma irreversible. Las estrellas, en cambio, son una práctica luminosa.
Reconexión (ojos cerrados, tres minutos)
Aliento de marea y pulso en el entrecejo, un minuto. Luz conectada al aliento, uno o dos minutos. El espacio, uno o dos minutos. Es la escalera de la Estación 3 en miniatura, y se hace antes de cada práctica con los ojos abiertos y entre una y otra.
Las tres anclas
- Inmovilidad total con la atención en el entrecejo, parpadeando lo menos posible. No es solo no moverte: es sentir cómo tu energía se coagula, se vuelve densa, hasta que tienes la sensación de que, aunque quisieras, no podrías moverte. Una estatua de vibración.
- Conciencia del acto de ver. En lugar de mirar los detalles de la imagen (redondo o cuadrado, verde o amarillo, bonito o feo), hazte consciente del hecho de estar viendo. Trasladas la atención del objeto al proceso. Si no lo captas: siente la imagen en vez de mirarla, la escena entera y el espacio alrededor, como si la luz tuviera un tacto que presiona el ojo.
- El corazón. Siente a la otra persona, o a ti mismo en el espejo, desde el centro del pecho. No miras desde el ojo y desde el corazón por separado: ves desde el corazón a través del ojo. Sin esta ancla la mirada se vuelve poderosa y fría; con ella, aparece la ternura.
¿Dónde poner los ojos? Al entrecejo de la otra persona, a uno de sus ojos, o al frente sin tocar nada con la mirada. Prueba las tres. Al rato la imagen física se disuelve y da lo mismo. Empieza con tres a cinco minutos y sube hasta quince o más.
El cierre, siempre
Cierra los ojos. Frota las manos unos segundos. Apoya las palmas (no los dedos) sobre los ojos cerrados, tocando la piel, medio minuto o más, dejando que el calor entre y sane. A menudo aparecen luces interiores. Chasquea los dedos, abre los ojos, comparte impresiones, y vuelve a empezar con una nueva reconexión.
Lo que suele pasar
- La imagen se deforma y se desenfoca. No resistas: primero tiene que irse la imagen física para que llegue la otra. Más adelante tendrás las dos a la vez.
- La persona parece estar lejísimos. Excelente señal: has cambiado de plano.
- Colores hechos de miles de puntos híperbrillantes que no se mezclan entre sí. No los etiquetes ("verde significa tal cosa"): los colores de ahí no son como los de aquí.
- La habitación se oscurece aunque sea de día: es la penumbra luminosa de ese plano, una oscuridad que brilla.
- Lágrimas. Déjalas correr: liberan tensiones acumuladas en los ojos. Con sentido común: nunca hasta hacerte daño.
- Hay días fáciles y días en que no puedes dejar de parpadear, como si hubiera humo delante. La energía es caprichosa; no le des importancia.
El halo
Mira a tres o cinco centímetros por encima de la cabeza de la persona, con las tres anclas activas y en total quietud. Tras unos minutos, añade el aliento de marea y conéctalo con la imagen: el halo se intensifica de golpe. Pide a la persona que repita "no, no, no" con intención durante un minuto y luego "sí, sí, sí", y siente cómo cambia la luz a su alrededor. Después, que piense en alguien a quien ama, en algo que le irrita, en algo feliz. No hace falta ver para notarlo: basta con sentirlo.
Beber colores y otras salidas
Con las tres anclas, sintoniza con un color sin atender al objeto que lo lleva, como si lo bebieras, hasta convertirte en él; cambia de color y nota cómo cambias tú. Mira las estrellas del mismo modo: ningún color de la Tierra es tan puro. Y en la oscuridad de tu casa, no corras al interruptor: camina en modo felino, consciente en el entrecejo, y descubre que los objetos tienen un brillo.