Pedro J. Pérez
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Práctica Diaria ·

La práctica del río abierto: suelta hoy lo que ya está cambiando

Una práctica breve para comprobar en tu propia experiencia que nada permanece: disfrutar sin apretar y atravesar lo difícil sabiendo que también pasará.

Por Pedro J. Pérez

Hay días en que todo parece fijo: la preocupación, el enfado, esa situación que llevas semanas intentando resolver. Y hay días en que la alegría parece tan frágil que da miedo tocarla, no vaya a ser que se rompa. En ambos casos actuamos como si lo que sentimos fuera a quedarse para siempre.

Pero basta mirar con calma para comprobar que nada de lo que nos ocurre se queda quieto. Ni lo bueno ni lo malo. Entender esto no te vuelve frío ni indiferente: te quita un peso de encima. Puedes saborear lo bueno sin agarrarlo con fuerza, y puedes sostener lo difícil sin creer que será así para siempre.

Hoy vas a dedicar quince minutos a comprobarlo en tu propia vida, no como una idea bonita, sino como algo que puedes verificar. No hace falta material ninguno: solo un lugar tranquilo y un poco de honestidad contigo mismo.

La práctica Duración: 15 minutos

  1. Elige tres cosas que hoy parecen permanentes

    Siéntate cómodo y piensa en tres elementos de tu vida actual: algo que te preocupa, algo que disfrutas y algo que das por sentado (tu rutina, una relación, tu salud, tu trabajo). Escríbelos o nómbralos mentalmente. Dedica unos tres minutos a esta parte, sin analizarlos todavía, solo identificándolos con claridad.

  2. Mira hacia atrás y comprueba el cambio

    Toma cada uno de esos tres elementos y pregúntate: ¿cómo era esto hace cinco años? ¿Qué ha cambiado desde entonces, aunque yo no lo notara? Dedica unos cinco minutos. No busques conclusiones grandilocuentes: solo hechos. Verás que aquello que parecía definitivo ya no está igual, y que lo que hoy te pesa también tiene fecha de caducidad, aunque no sepas cuál.

  3. Abre las manos en lugar de apretar

    Durante tres minutos, piensa en la cosa buena de tu lista. En vez de aferrarte a ella con miedo a perderla, imagina que la sostienes con las palmas abiertas, como quien deja pasar el agua entre los dedos sin dejar de notarla. No se trata de renunciar a disfrutarla, sino de disfrutarla sin la tensión de retenerla. Si aparece la ansiedad, respira y vuelve a abrir las manos.

  4. Atraviesa lo difícil sabiendo que se mueve

    Dedica los últimos cuatro minutos a lo que te preocupa. No lo niegues ni lo minimices. Solo añade una frase a lo que sientes: «esto también está cambiando». Repítela despacio un par de veces, sin forzarte a creerla del todo. No es un truco para sentirte mejor de inmediato: es un recordatorio de que ningún tramo dura siempre, ni siquiera este.

Para reflexionar hoy

Si nada de lo que vivo se queda quieto, ¿qué estoy apretando hoy que podría sostener con la mano abierta?

Para terminar

Esta práctica no te pide que dejes de sentir ni que te resignes: te invita a relacionarte con tu vida tal como es, en movimiento. Cuando sueltas la exigencia de que las cosas duren, aparece un espacio donde cabe el disfrute sin miedo y la dificultad sin desesperanza. Y ese espacio, hoy mismo, ya es tuyo.

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