Pedro J. Pérez
ENPT
Buscar en esta sección

Espiritualidad

Navratri: nueve noches para mirar de frente lo que nos gobierna

Cada otoño, millones de personas encienden lámparas durante nueve noches y celebran a la Diosa en sus distintas formas. Detrás del color, la música y el ritual hay un mapa interior de una precisión notable: tres tramos que van de la inercia al deseo y del deseo a la claridad. Este artículo recorre ese mapa sin convertirlo en consigna y propone una manera sencilla de habitarlo, aunque no se tenga un templo cerca.

Por Pedro J. Pérez ·

Nueve noches, tres tramos, un mismo viaje

La tradición reparte estas nueve noches en tres bloques de tres días, y cada bloque tiene un carácter propio. Los primeros se asocian a lo feroz, a la energía que destruye lo que ya no sostiene la vida; los siguientes, a la abundancia y al deseo bien orientado; los últimos, al conocimiento y a la claridad que disuelve la confusión. No son tres diosas distintas que se turnan el altar, sino tres maneras en que la misma fuerza se manifiesta en nosotros según lo que necesitemos atravesar.

Conviene subrayar que el orden importa. Nadie empieza por la claridad. Primero hay que reconocer la maraña, luego encauzar el impulso y solo entonces aparece cierta transparencia. Quien intenta saltar al último tramo sin haber mirado lo que arrastra suele quedarse con una calma de superficie que se rompe al primer contratiempo. La secuencia es, en realidad, una pedagogía del proceso interior.

La fiera que no es un enemigo externo

La imagen clásica de la Diosa venciendo al búfalo tiene una lectura que va más allá del combate mitológico. El búfalo representa una forma de vida que se mueve por puro instinto, sin pregunta ni elección. No es una maldad que haya que expulsar, sino una etapa de la propia historia que pide ser atravesada. Todos conservamos restos de esa inercia: reacciones automáticas, hábitos que se activan solos, respuestas que damos antes de pensar.

Por eso los primeros días se dedican a lo que asusta. No se trata de castigarse por tener impulsos, sino de nombrarlos. La ferocidad de la Diosa no es crueldad: es la firmeza de quien no negocia con lo que nos reduce. Mirar de frente una reacción compulsiva, sin justificarla y sin dramatizarla, ya es un acto de lucidez. Ahí empieza el viaje, y no en una experiencia luminosa.

El deseo no es el problema

El tramo central, ligado a la abundancia, suele incomodar a quien asocia lo espiritual con la renuncia. Pero la tradición no pide apagar el deseo: pide orientarlo. Un deseo sin dirección dispersa la energía en mil frentes y deja un fondo de insatisfacción; un deseo con dirección se convierte en combustible para construir algo que valga la pena. La diferencia no está en la intensidad, sino en la claridad del rumbo.

Aquí conviene cierta franqueza. Muchas de nuestras búsquedas de bienestar son en realidad formas elegantes de distracción: acumular cursos, comparar rutinas, coleccionar propósitos. La abundancia que se celebra en estas noches no es una cifra en una cuenta, sino la sensación de que lo que tenemos y hacemos tiene sentido. Cuando eso se ordena, el deseo deja de ser una urgencia y se vuelve una fuerza disponible.

La claridad que no se fabrica

El último tramo se vincula al conocimiento, y es el más fácil de malinterpretar. No se trata de leer más ni de acumular información, sino de que la mente deje de estar tan ocupada consigo misma. La claridad aparece cuando el ruido baja, no cuando añadimos una idea más al montón. Es una consecuencia, no una conquista.

Por eso las prácticas de estas noches combinan gestos sencillos con silencio: una lámpara encendida, un canto repetido, unos minutos de quietud. Su función no es impresionar a nadie, sino darle al cuerpo y a la atención un punto fijo donde posarse. En un día lleno de estímulos, sostener la atención en un solo objeto durante unos minutos ya es una pequeña hazaña. Y esa hazaña, repetida, cambia la calidad de la mirada.

El décimo día: cuando las tres fuerzas dejan de mandar

La celebración concluye con un día que se describe como la victoria sobre las tres cualidades anteriores. Vale la pena detenerse en la palabra victoria, porque no significa haber eliminado nada. Significa que esas fuerzas han dejado de gobernarnos a ciegas. La inercia sigue ahí, el deseo sigue ahí, la confusión aparece de vez en cuando; la diferencia es que ya no ocupamos el asiento del pasajero.

Este es el punto donde la celebración se vuelve sobria. No hay un estado permanente de paz garantizado, ni un certificado de iluminación al final de la novena noche. Hay, eso sí, un reconocimiento más honesto de uno mismo y una relación distinta con lo que nos mueve. Quien termina las nueve noches con esa lucidez, aunque sea parcial, ha celebrado de verdad.

Una práctica para estas nueve noches

No hace falta un altar elaborado ni pertenecer a una tradición concreta para aprovechar este tiempo. Basta con reservar unos minutos al final del día y sentarse en un lugar tranquilo. Enciende una vela o una lámpara si te ayuda a marcar el inicio, cierra los ojos y respira sin corregir nada. Después, hazte una sola pregunta y deja que la respuesta llegue sin prisa: ¿qué me está gobernando hoy?

Anota lo que aparezca en una libreta, sin analizarlo demasiado. Durante los primeros tres días, fíjate en las reacciones automáticas; en los tres siguientes, en lo que deseas y hacia dónde lo orientas; en los últimos, en los momentos en que la mente se aclara. Al terminar, relee tus notas de corrido. Es probable que veas un movimiento, no una línea recta, y que descubras algo que las prisas del día te habían ocultado.

Lecturas y referencias

Boletín diario

Recibe cada día los artículos por correo

Un solo correo al día, por la noche, con los artículos publicados y un acceso a los libros de Pedro J. Pérez. Sin publicidad. Baja con un clic desde cualquier mensaje.

Recibirás un mensaje para confirmar la suscripción.