Pedro J. Pérez
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Crecimiento personal

Cuando el suelo se mueve: atravesar las transiciones de la vida sin perderte

Hay temporadas en las que el suelo que pisábamos deja de estar donde estaba: un cambio de trabajo, una mudanza, el cuidado de un padre que envejece o el regreso a las aulas después de años. La incertidumbre que acompaña esos tramos no es un defecto que haya que corregir, sino una condición del tránsito. Este artículo propone otra manera de atravesarla: reconocer lo que sentimos, darle espacio en el cuerpo, avanzar en pasos pequeños y tratarnos con la misma paciencia que ofreceríamos a un amigo.

Por Pedro J. Pérez ·

El suelo que se mueve bajo los pies

Hay momentos en la vida en que lo que dábamos por estable deja de serlo. No hablamos solo de las grandes crisis, sino de esos tramos más silenciosos: el primer mes en un trabajo nuevo, la casa que se vacía cuando un hijo se marcha, el cuerpo propio que empieza a responder de otra manera, la decisión de volver a estudiar después de años. En todos ellos ocurre algo parecido: la rutina que nos sostenía pierde su forma y todavía no ha aparecido la que la sustituirá. Ese intervalo, incómodo y a veces largo, es lo que llamamos transición.

Conviene distinguir la transición del cambio. El cambio es el hecho visible: la firma del contrato, la caja que se cierra, la fecha en el calendario. La transición es el trabajo interior que ese hecho desencadena, y tiene su propio ritmo. Podemos haber cambiado de ciudad en un fin de semana y tardar meses en habitar la nueva. Reconocer esta diferencia nos libera de una exigencia muy común: la de estar ya adaptados, la de sentirnos bien de inmediato porque la situación externa ya se resolvió. No es falta de fortaleza; es que el alma tiene su propio calendario.

Nombrar la incertidumbre en lugar de huir de ella

Cuando el suelo se mueve, la reacción más natural es buscar algo que lo fije cuanto antes. Y ahí aparecen los atajos: la pantalla que se enciende sin motivo, la compra que promete una emoción breve, el refrigerador abierto sin hambre, la conversación que evitamos porque nos obligaría a mirar de frente lo que no sabemos. Ninguno de esos gestos es un pecado; son intentos torpes de recuperar la sensación de control. El problema es que ninguno responde a la pregunta de fondo, y mientras tanto el malestar se acumula en silencio.

El primer movimiento útil es más sencillo y más difícil a la vez: nombrar lo que hay. Decir, aunque sea para uno mismo, «estoy en un terreno que no conozco y me da miedo equivocarme». Ponerle palabras a la inquietud, a la frustración, al juicio que nos hacemos por no tenerlo claro. Nombrar no resuelve la situación, pero cambia nuestra posición frente a ella: dejamos de ser arrastrados por una emoción sin forma y empezamos a sostenerla con cierta dignidad. Hay una diferencia enorme entre sentir miedo y saber que se siente miedo.

El cuerpo como brújula en terreno desconocido

La incertidumbre no vive solo en la cabeza. Se instala en el cuerpo con señales concretas: el pecho apretado, la mandíbula tensa, un nudo en el estómago, la respiración que se acorta sin que nos demos cuenta. Localizar esas sensaciones, sin intentar expulsarlas, es una práctica humilde y muy poderosa. Basta con cerrar los ojos unos instantes y preguntarse dónde está esa inquietud ahora mismo, en qué zona del cuerpo se deja notar.

Al llevar la atención a esas zonas y respirar despacio, algo se aquieta. No porque hayamos resuelto el problema, sino porque el sistema nervioso encuentra un poco de margen. Esa calma incipiente es importante: desde ella las decisiones son distintas. Cuando estamos en alerta máxima elegimos por miedo, y el miedo tiende a estrechar las opciones. Cuando hay algo de sosiego, en cambio, aparecen alternativas que antes no veíamos. La calma no es un lujo previo a la acción; es parte de la acción misma.

Pasos pequeños, reversibles y honestos

Una vez que el ánimo se ha asentado un poco, surge la pregunta práctica: ¿qué hago? La respuesta más sensata en una transición no es un plan maestro, sino un paso pequeño. Elegir una acción concreta, hacerla, observar qué ocurre y volver a elegir. Este ritmo lento puede parecer insuficiente frente a la magnitud del cambio, pero tiene una ventaja decisiva: mantiene el movimiento sin exigir una claridad que todavía no tenemos. Nadie cruza un río a oscuras de un salto; se avanza tanteando la piedra siguiente.

Conviene además que esos primeros pasos sean reversibles. Probar un curso antes de matricularse en una carrera, visitar la ciudad antes de mudarse, conversar con alguien que ya recorrió ese camino. Cada pequeño ensayo que sale razonablemente bien deposita una capa de confianza en nosotros mismos. Y esa confianza no nace de la certeza sobre el futuro, sino de la experiencia repetida de que podemos responder a lo que vaya apareciendo. La seguridad no precede al paso: lo sigue.

La curiosidad como forma de valor

Hay una manera de estar en lo incierto que lo convierte en territorio de aprendizaje. Consiste en cambiar la pregunta. En lugar de «¿voy a lograrlo?», preguntarse «¿qué estoy descubriendo aquí?». En lugar de exigir el resultado, atender al proceso. Esta actitud no niega la dificultad ni disfraza el miedo con optimismo forzado; simplemente amplía la mirada para que quepa algo más que la amenaza. Quien se acerca a una transición con curiosidad encuentra información que el miedo no deja ver: qué recursos tiene, qué le importa de verdad, qué límites necesita poner.

Esta curiosidad también modifica nuestra relación con el error. En una etapa de cambio, equivocarse no es una prueba de incapacidad, sino parte del método. El que aprende espera fallar algunas veces, y por eso no se derrumba con cada tropiezo. Esa disposición es especialmente valiosa en las transiciones largas, donde el desánimo suele aparecer no por un fracaso concreto, sino por la acumulación de días sin señales claras de avance.

La compasión hacia uno mismo, el sostén más firme

Quizá lo más importante en todo este recorrido sea la manera en que nos hablamos mientras lo atravesamos. Es frecuente tratarnos con una dureza que jamás aplicaríamos a un amigo en la misma situación. Le diríamos que es normal estar confundido, que nadie tiene todas las respuestas, que un poco de desorden es parte del proceso. Con nosotros, en cambio, exigimos claridad inmediata y nos reprochamos cada duda. Esa exigencia no acelera la adaptación; la vuelve más pesada.

Concederse un poco de gracia no es indulgencia ni abandono. Es reconocer que atravesar una transición es un trabajo real, que cansa, y que merece la misma paciencia que damos a quien queremos. Permitir que las cosas sean un poco desordenadas, aceptar que habrá días torpes, dejar de exigir «hacerlo bien» cuando ni siquiera sabemos todavía qué sería hacerlo bien: todo eso afloja la tensión y devuelve el aire. Y con aire, es más fácil seguir caminando.

Una práctica para esta semana: elige una transición que estés viviendo, por pequeña que parezca. Siéntate un momento, nombra en voz baja lo que sientes y localiza dónde se nota en el cuerpo. Respira despacio durante un minuto, sin pretender cambiarlo. Después, escribe un solo paso pequeño y reversible que puedas dar hoy o mañana. Al terminarlo, anota qué has aprendido, aunque sea mínimo. Repite este gesto tres o cuatro días y observa si algo, lentamente, empieza a asentarse. Advertencia de salud: este contenido es informativo y no sustituye la atención médica. Acude a tu médico para valorar tu situación y antes de cambiar cualquier tratamiento.

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