Pedro J. Pérez
ENPT

Espiritualidad

Las ilusiones que confundimos con la realidad: cómo tu punto de vista crea lo que ves

Vivimos rodeados de ilusiones tan convincentes que las tomamos por verdades absolutas. Este artículo te invita a reconocer que gran parte de lo que atribuyes a los demás y a ti mismo pertenece en realidad al espacio entre ambos, y te ofrece una práctica sencilla para abrir lo que parecía

Por Pedro J. Pérez ·

Cuando lo evidente es solo un punto de vista

Hay experiencias que damos por sentadas con una seguridad que nunca cuestionamos. El suelo bajo nuestros pies parece inmóvil, aunque nos desplazamos a gran velocidad sobre un planeta en rotación. La línea del horizonte se dibuja recta ante nuestros ojos, aunque sabemos que la Tierra curva. Nada de lo que percibimos es falso en el sentido de ser un engaño deliberado: simplemente es una lectura parcial, tomada desde una posición concreta, que funciona lo bastante bien para la vida diaria como para que jamás la revisemos.

Esa eficacia práctica es precisamente lo que vuelve tan persuasivas a nuestras percepciones. Una suposición que nunca falla es una suposición que nunca examinamos. Y así, sin darnos cuenta, convertimos informes sobre dónde estamos parados en sentencias sobre cómo son las cosas. La invitación aquí no es a desconfiar de todo, sino a recuperar una curiosidad amable: preguntarnos, de vez en cuando, desde dónde estamos mirando aquello que creemos tan firme.

El movimiento aparente y el movimiento real

Existe un fenómeno astronómico que ilustra esto con una elegancia extraordinaria. Visto desde la Tierra, ciertos planetas parecen detenerse y retroceder en su órbita durante algunas semanas. Durante siglos, ese aparente retroceso se interpretó como un mensaje sobre los asuntos humanos. Sin embargo, el planeta nunca invierte su marcha: simplemente, desde nuestra posición en una órbita más lenta y externa, lo vemos adelantar y quedarse atrás por un efecto de perspectiva. El retroceso es completamente real como experiencia visual y completamente ilusorio como movimiento del planeta.

Lo revelador es dónde reside ese movimiento aparente: no en el planeta ni en la Tierra, sino en la relación entre ambos. Pertenece al espacio que los une, a la geometría cambiante de sus posiciones relativas. Esta idea, trasladada a nuestra vida cotidiana, tiene consecuencias profundas. Muchas de las cualidades que atribuimos a las personas que nos rodean podrían no ser propiedades suyas, sino efectos de la distancia, el ángulo y la historia desde la que las observamos.

Las etiquetas que ponemos a los demás

Piensa en las frases que repetimos sobre quienes nos resultan difíciles. Esa persona es fría. Mi hermano es imposible. Esa reunión es insoportable. Cada una de estas afirmaciones describe algo que efectivamente sentimos, pero lo sitúa en el lugar equivocado: dentro del otro, como si fuera una propiedad fija e inmutable de su carácter. En realidad, buena parte de esa descripción pertenece al espacio entre ambos, a la interacción concreta que se produce cuando nuestras historias, expectativas y estados de ánimo se encuentran.

Esto no significa negar que existan comportamientos genuinamente complicados. El planeta realmente parece retroceder, y ninguna buena intención hace desaparecer esa apariencia. Lo que cambia es la comprensión de que la dificultad que alguien te genera es algo que ambos construyen en relación. Y ahí aparece una libertad inesperada: tu posición es siempre parte de lo que ves, y es la única parte que puedes mover.

De la sentencia cerrada a la pregunta abierta

Fíjate en la diferencia entre dos maneras de nombrar lo mismo. Decir «es difícil» es una sentencia cerrada: no deja nada por hacer salvo aguantar. Decir «desde donde estoy hoy, cargando lo que cargo, algo entre nosotros parece ir hacia atrás» es una frase abierta: podemos rodearla, mirarla desde otro lado, habitarla con más aire. La segunda no es menos verdadera que la primera; simplemente ha dejado de ser un muro.

Lo mismo ocurre con las afirmaciones que hacemos sobre nosotros mismos, que suelen ser las más implacables. «Soy ansioso». «No soy de los que pueden con esto». Son descripciones de una relación disfrazadas de hechos sobre una identidad, y llevan tanto tiempo sostenidas que hemos dejado de comprobarlas. Reconocer su carácter relacional no las convierte en falsas, pero sí las devuelve al terreno de lo revisable, donde es posible moverse.

La conciencia que sostiene todas las perspectivas

Si todo lo que percibimos depende de nuestra posición, cabe preguntarse qué hay de verdaderamente fundamental. No parece ser un objeto físico, porque desde el átomo hasta el planeta todo se conoce en relaciones cambiantes. Las tradiciones espirituales señalan hacia otra dirección: esa presencia lúcida en la que ocurre toda percepción, toda palabra y todo pensamiento. No es un elemento más de la lista, junto a la materia y la mente; es aquello en lo que la lista misma sucede.

Esta comprensión no nos saca de la vida que efectivamente vivimos. Las rodillas duelen por la mañana, o no duelen. Tarde o temprano despedimos a alguien que amamos antes de estar preparados. Reconocer la naturaleza relacional de nuestras percepciones no nos ahorra los altibajos de la existencia. Ofrece algo más amable: la posibilidad de mirar las ilusiones cotidianas con una sonrisa, sabiendo que hay una conciencia serena que sostiene tanto la mano que tocamos como el amor con que la tocamos.

Una práctica para abrir lo que parecía cerrado

Elige a alguien que te resulte genuinamente difícil, alguien lo bastante cercano como para que importe. Formula en silencio la frase que de verdad cargas sobre esa persona, sin suavizarla ni discutir con ella. Observa cómo se siente: cerrada, como si el asunto estuviera resuelto desde hace mucho. Ahora vuelve a decirla incluyéndote en la escena: «desde donde estoy hoy, con lo que traigo encima, algo entre nosotros parece moverse hacia atrás». Nada es menos cierto, y sin embargo algo se ha abierto.

La otra persona no ha cambiado en absoluto; ha cambiado la frase, que ha dejado de ser un muro. Permanece así durante tres respiraciones lentas y advierte qué es lo que está siendo consciente de ambas frases sin ser ninguna de las dos. Esta práctica, repetida con regularidad, va aflojando la costumbre de colocar dentro de los demás lo que en realidad ocurre en el espacio compartido. Y en ese espacio, más amplio y más honesto, cabe por fin algo nuevo.

Lecturas y referencias